martes, 9 de agosto de 2011

Fuerzas centrífugas.

En qué se convierten mis raíces cuando ya están frágilmente desgarrándose de la tierra que me mantiene vivo. La misma que me vio tímidamente salir sin miedo hacia arriba, sin fin, y con toda la fuerza juvenil. En aquellos tiempos, las primeras gotas de agua pesaban como fardos impactando y agitando con vigor mis débiles brazos, pero me dieron la vida y los colores. Hoy aquellos tiempos ya no son más que recuerdos, dulces, bañados con cielos claros y relámpagos de sol. Los colores vivos y simples de la juventud se tornan más y más tenues, ya no sé dónde mirar cuando me vuelvo hacia atrás. No me queda más que confiar en que la esencial vital de esos recuerdos perdurará como las caricias de una madre a su hijo.

La fuerza centrífuga me ha atraído y llevado como un río por sus valles alejándome de mi origen. Sin yo poder hacer nada. Este camino me ha dotado sin embargo de un colorido distinto al mismo tiempo que está arrugando mi piel como una vieja pintura. Esta humilde experiencia me permite encontrarme con gente distinta, con problemas e ilusiones diferentes, con una historia diferente. Ingredientes que nutren y salpican con sabores mis vivencias. Como la bella mariposa Parnassius apollo que vive y vuela sin parar en las montañas más altas. Además cientos de variedades distintas de la misma especia se adaptan a diferentes condiciones y se visten con caprichosos vestidos. Una adaptación vital ligada al viaje y descubrimiento de nuevos pastos.

Nutrirme de diversidad a pesar de desvanecer mis raíces me permite respirar al ritmo de los latidos del corazón de la ciudad que me acoge. Como una entidad viva y armónica, esta nueva madre nos engloba a todos y nos da la seguridad de pertenecer a alguien.


Vista de Boston "robada" desde un balcón especial.

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