miércoles, 10 de agosto de 2011

El espectador.

Como a dos marionetas, unos hilos que no controlábamos nos separaron el uno del otro del abrazo más fuerte como quien se agarra a la vida. Nada pudimos hacer para evitarlo. Y ella se alejó, fundiéndose con los demás desconocidos que caminaban con un rumbo aparentemente definido. Mientras, nosotros estábamos perdidos. Mi mirada, concentrada en ella, se fue congelando a medida que su silueta se hacía pequeña y su cara desaparecía. Me quedé paralizado, sin poder dar un paso hacia delante o hacia atrás, como un elemento más del decorado. Hasta que su mano, se alzó tímidamente sabiendo que era la última vez que podía encontrarse en el espejo de mis ojos, que escribiríamos juntos cada noche el libro de nuestra vida y que a partir de ahora la soledad le despertaría cada mañana en la cama vacía. Yo, allí posado, me quedé como un espectador sin teatro o como músicos tocando sin instrumentos. Se terminó la música que alumbraba nuestros amaneceres y con ella el color de la vida, como una primavera sin invierno o un otoño sin verano. Su mano y sus dedos descendieron de lo alto como una hoja muerta, flotando en el aire, seca. Su cuerpo emprendió la marcha hacia delante, en sentido completamente opuesto al mío, mientras su mirada todavía me alcanzaba y me daba oxígeno… hasta que su cabeza se volvió llevándose consigo el pelo volando al aire y apagando la tenue vela que aún iluminaba mi esperanza.


Un atardecer de verano en la Charles Rivers en pleno Boston.


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