martes, 23 de agosto de 2011

Lucha por la existencia.

Pocas somos las especies vivas en este globo suspendido en el vacío que podemos preguntamos qué hacemos aquí, sino la única. Qué tortura estar dotado de un sistema nervioso tan complejo, con millones de conexiones nerviosas en ebullición que nos vuelve inquietos. Pero qué suerte haber podido sobrevivir hasta aquí gracias a la herencia genética moldeada al filo de las generaciones que llevamos cada uno dentro. Y cuánta suerte también poder contar con todo el legado de conocimientos que nos han transmitido nuestros antecesores sin ni si quiera un mísero trocito de ADN… ésta vez se trata de algo exclusivamente humano, las palabras, los dibujos, el arte. La emoción.

Un murmullo inquieto contiene los nervios del público agitado mientras detrás del telón ríos de emoción recorren mi cuerpo. Imparable e implacable me hace perder el control de mi misma, arrebatando mi propia voluntad. Mis movimientos se convierten en una extraña mezcla de torpeza y perfección. Mi aliento se vuelve vital y mi corazón quiere escapar de su jaula. Mientras de repente el público pacta un silencio involuntario y a partir de ahora mi sola voz tendrá que llenar el espacio vacío. Por momentos se ha detenido el tiempo. Hasta que un manantial de voz nace en algún punto desconocido en mi cuerpo y me recorre desde la punta de mis pies hasta la cabeza hasta encontrar una salida en mi boca que estalla en una cascada de éxtasis. Congelo al público en estatuas de cristal que acaban por convertirse en una sola persona. Un único sistema nervioso conectado entre sí que obedece a mis notas lanzadas al aire como un Mesías. Yo tampoco existo, apoderada por algo, ya no respondo más que ciegamente al flujo vital que me lleva por lugares desconocidos y otros familiares. Me encuentro con mis emociones profundas que se desgarran como una vieja sábana. Cada crujido resquebrajado abre sensaciones nuevas por descubrir que se transmiten por la tenue luz hasta rebotar y brillar en las estatuas de cristal como diamantes. Me he adueñado también del tiempo que controlo a voluntad, le imprimo la velocidad que quiero o lo detengo. El mundo real ha desaparecido, un mundo imaginario desciende delante de mi y ya formo parte de él. Hasta que las estatuas de cristal cobran vida fundiéndose en un aplauso sincronizado que devuelven la realidad como era antes.

Nada podemos ante la emoción, de ella provenimos y de nuestro futuro depende. Cuidémosla.




miércoles, 10 de agosto de 2011

El espectador.

Como a dos marionetas, unos hilos que no controlábamos nos separaron el uno del otro del abrazo más fuerte como quien se agarra a la vida. Nada pudimos hacer para evitarlo. Y ella se alejó, fundiéndose con los demás desconocidos que caminaban con un rumbo aparentemente definido. Mientras, nosotros estábamos perdidos. Mi mirada, concentrada en ella, se fue congelando a medida que su silueta se hacía pequeña y su cara desaparecía. Me quedé paralizado, sin poder dar un paso hacia delante o hacia atrás, como un elemento más del decorado. Hasta que su mano, se alzó tímidamente sabiendo que era la última vez que podía encontrarse en el espejo de mis ojos, que escribiríamos juntos cada noche el libro de nuestra vida y que a partir de ahora la soledad le despertaría cada mañana en la cama vacía. Yo, allí posado, me quedé como un espectador sin teatro o como músicos tocando sin instrumentos. Se terminó la música que alumbraba nuestros amaneceres y con ella el color de la vida, como una primavera sin invierno o un otoño sin verano. Su mano y sus dedos descendieron de lo alto como una hoja muerta, flotando en el aire, seca. Su cuerpo emprendió la marcha hacia delante, en sentido completamente opuesto al mío, mientras su mirada todavía me alcanzaba y me daba oxígeno… hasta que su cabeza se volvió llevándose consigo el pelo volando al aire y apagando la tenue vela que aún iluminaba mi esperanza.


Un atardecer de verano en la Charles Rivers en pleno Boston.


martes, 9 de agosto de 2011

Fuerzas centrífugas.

En qué se convierten mis raíces cuando ya están frágilmente desgarrándose de la tierra que me mantiene vivo. La misma que me vio tímidamente salir sin miedo hacia arriba, sin fin, y con toda la fuerza juvenil. En aquellos tiempos, las primeras gotas de agua pesaban como fardos impactando y agitando con vigor mis débiles brazos, pero me dieron la vida y los colores. Hoy aquellos tiempos ya no son más que recuerdos, dulces, bañados con cielos claros y relámpagos de sol. Los colores vivos y simples de la juventud se tornan más y más tenues, ya no sé dónde mirar cuando me vuelvo hacia atrás. No me queda más que confiar en que la esencial vital de esos recuerdos perdurará como las caricias de una madre a su hijo.

La fuerza centrífuga me ha atraído y llevado como un río por sus valles alejándome de mi origen. Sin yo poder hacer nada. Este camino me ha dotado sin embargo de un colorido distinto al mismo tiempo que está arrugando mi piel como una vieja pintura. Esta humilde experiencia me permite encontrarme con gente distinta, con problemas e ilusiones diferentes, con una historia diferente. Ingredientes que nutren y salpican con sabores mis vivencias. Como la bella mariposa Parnassius apollo que vive y vuela sin parar en las montañas más altas. Además cientos de variedades distintas de la misma especia se adaptan a diferentes condiciones y se visten con caprichosos vestidos. Una adaptación vital ligada al viaje y descubrimiento de nuevos pastos.

Nutrirme de diversidad a pesar de desvanecer mis raíces me permite respirar al ritmo de los latidos del corazón de la ciudad que me acoge. Como una entidad viva y armónica, esta nueva madre nos engloba a todos y nos da la seguridad de pertenecer a alguien.


Vista de Boston "robada" desde un balcón especial.